sábado, 30 de agosto de 2014

Adiós griego y latín


Después de una noticia que recibí hace un tiempo, y teniendo en cuenta que el tiempo es perfecto para quedarse en casa y estar a solas con tus pensamientos y el frescor del aire acondicionado, he decidido plasmarlo por escrito, no solo por compartirlo, sino más bien para desahogarme un tanto. Dicho esto, puedo comenzar ya con esta serie de reflexiones.


La crisis está afectando a numerosos sectores sociales, administrativos, como si nada estuviera a salvo de sus escurridizas y afiladas manos -a excepción, claro está, de los ricos y poderosos. A ellos nunca les afecta nada -. Y en vez de hablar de lo típico, de los horribles desahucios, de las situaciones de pobreza y de no saber si los padres podrán mantener a sus hijos, de los casos de desnutrición o de imposibilidad de estudiar, me gustaría centrarme en un tema más abstracto que algo me afecta -bastante -, y que a todos, en cierta forma, nos afectará en un futuro probablemente no tan lejano. Es la desaparición progresiva de las humanidades del sistema educativo.

Soy consciente, pues tengo cierto conocimiento de historia -no mucho, pero algo-, que en momentos de crisis, de situaciones peliagudas o de problemas de toda índole, lo que menos le preocupa a la población son asuntos que vayan más allá de sobrevivir en el día a día, esto es, comer, tener un lugar donde guarecerse de las inclemencias del tiempo, y poco más. Es en estos momentos, aprovechados de forma indirecta o directa por los políticos, comienzan a producirse cambios que en principio originan retrocesos en los logros que nuestros antepasados realizaron tiempo atrás. Por ejemplo, ¿cuándo nace la filosofía en la Antigua Grecia? Lógicamente en un periodo en el que una parte de la población -pues siempre va a existir un sector social que sufra -tenga una vida sin grandes preocupaciones, libre de deudas o ahogos financieros, y que comience a plantearse el origen de las cosas que le rodean, por qué el cielo es azul, qué son los dioses... ese tipo de cuestiones. Y, volviendo al tema principal, uno de los cambios imperceptibles que se están llevando a cabo es la desaparición progresiva de las humanidades, más concretamente las lenguas antiguas -consideradas como lenguas muertas -, y la historia de los pueblos que las crearon y desarrollaron. No hablo ni del egipcio, ni del acadio, ni del sumerio, lenguas muy alejadas del conocimiento colectivo, sino de las más cercanas a nuestro propio idioma: el latín y el griego.

Pero claro, habrá mucha gente que diga "pero eso no sirve para nada". Una de las frases que más he escuchado, y que más me enervan. Es cierto que debemos tener una serie de conocimientos básicos y prácticos, para nuestro día a día, pero no deben ser ni por mucho menos los únicos que tengamos. Hay que desarrollar más tipos de saberes, como los nacidos de la curiosidad o del mismo interés que nace en el ser humano por conocer cosas nuevas. Por ejemplo, en mi caso, veo una utilidad ciertos conocimientos matemáticos para el día a día -y soy de las que las matemáticas no son lo suyo -, no lo discuto, pero me gustaría que también se viera una cierta utilidad en lo que a mí me gusta, es decir, la historia y las lenguas antiguas en general. También se podría rebatir el hecho de que no sirva para nada. Yo no le veo la lógica no ver como utilidad saber el origen de nuestros andares por el mundo, de las innovaciones y de los errores que se han ido llevando a cabo a lo largo del tiempo, así como el mismísimo origen de nuestra lengua. Si tuviéramos algo más de conocimiento sobre nuestras raíces, es posible que no se cometieran ciertos errores -aunque también se pueden llevar a cabo situaciones sin precedentes -, o al menos se supiera qué no hacer en ciertos casos. Y cuando uno lo piensa puede decir "vaya, puede que sea cierto". Nadie es quien para imponer unos gustos, imponer los conocimientos que se deben aprender, pero a lo que no se tiene derecho es a considerar algo no valioso, o de segunda, a las humanidades. Todo tiene cabida en este mundo, hay que respetarlo, guste o no.

Conocer el latín supone conocer nuestra propia lengua, y ampliar considerablemente nuestro vocabulario. Ya no hablo de adquirir unos conocimientos del latín superiores, saber traducir textos de Cicerón o Julio César, sino de tener unas ideas básicas. La sintaxis latina es pura lógica, son las matemátcas de las letras, ayuda a mantener un orden mental que pocas disciplinas pueden dar -un ejemplo que me viene a la mente es la música -, y a su vez ayuda a entender la propia sintaxis castellana. Tener en la mente una serie de ideas, saber estructurarlas en un escrito y que cada una de las frases esté perfectamente engarzada con la anterior, de tal forma que sea un placer leerlo. Esto lo podemos relacionar con la literatura latina, con grandes obras como las de Cicerón, Horacio u Ovidio, en las que nos muestran la maestría con la que usaban su lengua para plasmar todo lo que pensaban o querían transmitir, por amor al arte o a la divulgación. Gracias a Cicerón, uno de los más conocidos autores del mundo clásico, uno puede tener como ejemplo la forma perfecta de hilar conceptos, ideas, con frases extensas mediante el uso de conjunciones -pues hay que recordar que no existían los puntos para ellos, escribían todo seguido -, que da la sensación de que las palabras fluyen y muestran que no es necesario partir tanto las frases en un artículo, libro, etc. Leer a los clásicos es aprender a escribir con mayor soltura, a poder sacar una serie de elementos que nos ayudarán a expresar mejor mediante la palabra lo que pasa por nuestra cabeza, así como expresarlo mediante la voz. Porque los romanos tenían en muy alta estima el poder de la palabra -herencia de los griegos, que consideraban al hombre dominador de la palabra como uno de los mejores -, por lo que tuvieron especial ciudado en desarrollar técnicas para realizar buenos discursos, creando una estructura a partir de la cual poder articular las ideas -que nos sirve para todo en nuestra vida -, el uso de eslóganes o como ellos lo denominaban "palabras fuerza" -empleadas en las campañas publicitarias o discursos políticos. Obama es un buen ejemplo de ello -, y muchas cosas más que podríamos nombrar. Ahora los autores latinos no nos parecen tan lejanos.

Pero puede haber una pregunta que aparezca en la mente del lector: "si estaba hablando de la lengua, ¿por qué habla de la literatura?" La respuesta es bastante sencilla. Estudiar una lengua, tanto antigua como moderna, implica no solo conocer la forma de articular las palabras en ese idioma, sino todo lo que hay detrás: la mentalidad de un pueblo, de su historia, de las palabras que han dejado para la posteridad; una lengua refleja la relación de un grupo humano con su entorno, de cómo entienden conceptos como la justicia, el campo o la religión, así como su forma de organizarse socialmente y cómo se relacionan entre ellos. Implica muchísimas cosas. ¿Acaso cuando aprendemos inglés, alemán o francés, no aprendemos también costumbres o tradiciones de sus respectivos hablantes, de cómo entienden las cosas, de sus hábitos, de sus frases hechas o de su literatura? Puede que un problema sea que el latín y el griego no se entiendan como lenguas vivas, con un planteamiento de estudio exactamente igual a las lenguas modernas, sin tener por qué haber una diferencia entre las mismas. Pero es muy difícil cambiar un pensamiento tan arraigado en la mentalidad de la sociedad.
Y si el latín queda a un segundo plano, con toda su literatura y su pensamiento, ¿qué le espera al griego? Algo mucho peor: directamente su desaparición del sistema de enseñanza. Y es una verdadera lástima, pues somos herederos directos del mundo griego, tanto de forma directa como indirecta. Los romanos fueron una especie de catalizadores del pensamiento y el mundo griego, pasando a su lengua numerosas palabras griegas -que han pasado a su vez a nuestro idioma, no hay más que ver el vocabulario de enfermedades como ejemplo -, su filosofía, un tanto depurada por los romanos, pero presente en su pensamiento, su arte, gracias a la copia de numerosas obras griegas por parte de los romanos han ayudado a que se hayan conservado hasta nuestros días, o la simple idea del concepto de la belleza o del arte. Por donde miremos, podemos ver el legado de los griegos y romanos, podemos ver lo que ha quedado de ellos, lo que los hace inmortales. Pero si desaparece su lengua, si cae en el olvido, es la primera ficha del dominó, el primer paso para que caiga en el olvido todo aquello que hemos heredado, y por ende no sepamos de dónde venimos.

Y claro, si desaparece de los estudios obligatorios, ¿quién va a estudiarlo luego en la universidad? Si ya son menos los que, de forma totalmente vocacional, quieren estudiar esto, cuando ya los jóvenes no tengan contacto alguno con ellas, ¿qué ocurrirá? Todos serán médicos, economistas, informáticos... ¿qué será de los historiadores, de los filólogos? ¿Acaso las palabras no tienen derecho a ser estudiadas, enseñadas, investigadas y transmitidas? ¿Tienen que pagar por los errores de los otros? Pero también está claro: tener conocimiento de las lenguas, de otras culturas, hace que la mente de uno se abra más, tenga un horizonte mayor, y se dará cuenta más rápidamente si algo no está tan bien hecho como se debería, o que hasta los antiguos tenían cosas mejores que nosotros, como la capacidad de destituir a los magistrados si lo veían necesario -en el caso de la Antigua Grecia -. Pero por desgracia si no se hace algo, todo se acallará, ya nadie les recordará, y esa inmortalidad mantenida hasta hoy en día por los héroes de Homero caerá, condenándolos al olvido.

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