jueves, 12 de marzo de 2015

Infancia. II: Nunca perdonar, nunca olvidar

El mundo cambió a partir de aquella noche. El comportamiento de Victoria se calmó de repente, ante el asombro de todos los sirvientes y de sus institutrices. Ahora era atenta, cumplía con las órdenes, era sumisa y no causaba más problemas. Sus escapadas nocturnas habían desaparecido, ya no pasaban por su cabeza, simplemente se dedicaba a observar la luz de la luna hasta que sus ojos se cerraban por sueño. A pesar de todo, seguía manteniendo ese porte orgulloso, de una auténtica Beaufort; su ego estaba por encima de todo aquello. Su padre estaba más que complacido con ella, pensaba que había asentado de una vez la cabeza, y poco a poco su mente iba planificando su futuro: estudiar en las mejores escuelas, aprender los modales aristocráticos, ser despiadada y directa en sus objetivos, letal con sus enemigos... y fiel ante los amigos, aunque fuese de una manera un tanto peculiar. Nada de mostrar afecto, signo de debilidad para Jonathan, ni siquiera hacia él, que era su padre. Implacable como una tormenta, sigilosa como un gato, que nadie supiera en qué estaba pensando, ni siquiera tenían que intuir sus movimientos. Parecía que iba a prepararla para ser una espía o un soldado de élite, pero eran los requisitos básicos para mantener el poder de la familia en un mundo tan competitivo como era la aristocracia inglesa.



Todo el mundo pensaba que Victoria había cambiado, obviamente a mejor, un temperamento mucho más calmado y apacible. Muy lejos de la realidad. Victoria, como buena sangre de su sangre, simplemente estaba actuando, representaba un papel ante los demás. Una de las reglas de oro en aquel mundo era aparentar, mostrar una faceta que la sociedad no recriminaba y esperar a que la confianza extendiera sus redes, para luego dar el golpe final. Sus ojos de zafiro estaban atentos a cualquier movimiento, como un depredador que persigue a su presa y espera que cometa el error fatal. Si su padre hubiera sabido eso en ese momento... se sentiría muy orgulloso de su hija... orgulloso y aterrado. Que una niña de solo ocho años de edad se comportara así, era para preocuparse. Pero su padre fue exactamente igual de pequeño, así que tampoco podía quejarse mucho.

En la escuela era exactamente igual; mostraba una faceta de su ser que poco tenía que ver con la oscura realidad que guardaba en su interior. Sus compañeros empezaron a apodarla la "dama escarlata", no solo por ser de alta cuna, sino también porque siempre, o casi siempre, aparecía con un vestido rojo oscuro, como la sangre. Nunca llevaba dos iguales. Era una amante de la moda, de la moda del S.XIX desde que era muy pequeña, debido a la influencia que su entorno ejercía en ella. Teniendo en cuenta que vivía rodeada de otros niños de familias adineradas, no les era nada extraño que apareciera ataviada de esa forma. Es más, ejercía una atracción fatal por los chicos de su clase, o a donde fuera que fuese. Y no es para menos: su piel, blanca como las esculturas de mármol que decoraban las casas, suave y delicada; sus ojos, de un azul eléctrico, eran profundos y muy sensuales; su cabello, rojizo como los vestidos que llevaba, parecía una llama encendida, acorde con su temperamento decidido y osado. Caminaba con paso firme e insinuante, como si estuviera en un pase de modelos eternamente. Era una atracción para los hombres... y causaba todo tipo de envidias entre las mujeres.

Nunca se había llevado bien con su propio sexo, lo consideraba débil y bastante estúpido. Las mujeres que defendían los derechos de su sexo, y que luego lo empleaban para conseguir lo que querían, era a las que más odiaba. No entendía por qué sus compañeras la tenían tanta manía, simplemente porque era más guapa de ella. Muchas veces se había enfrentado a ellas, con su desafiante mirada, y nadie se atrevía a levantarla la voz, ni mucho menos mirarla directamente a esos ojos que pulverizaban todo cuanto pasaran ante ellos. Ellas nunca se acercaron a decirla nada, solo cuchicheaban a sus espaldas, y Victoria se divertía pensando en aquellas pobres desgraciadas, que creían que no se estaba enterando de nada. Y se dedicaba a jugar con ellas, marearlas, creer que tenían todo bajo control y luego, de repente, enterarse de que solo estaba jugando con ellas. Eso las enfurecía aún más. No podían soportarla, ni siquiera toleraban su presencia. Los profesores percibían todo eso, pero nada podían hacer con ella. Si la dejaban caer que su comportamiento era erróneo... podían aguantar más o menos la indignación en los ojos de Victoria, pero de su padre... solo de pensarlo un estremecimiento les recorría la espalda.

Victoria se sumergía en los libros. Mundos de fantasía, de Historia... momentos en los que desconectarse de la realidad, en los que abstraerse de los problemas... No es que la importara no tener amigos, pero sentía rabia, mucha rabia, ya que nadie la entendía. Nadie la podía entender nunca. Sus compañeras la odiaron desde un principio, debido a que todos los chicos iban detrás de ella; sus profesores la tenían miedo, porque su padre se encontraba a sus espaldas, como un guardián infatigable, al igual que el renombre que poseía su familia. En ocasiones se sentía sola, muy sola, pero su orgullo le impedía mostrarlo. Eso era de débiles, y ella no lo era. Se pasaba las tardes sentada en uno de los salones de estudio, con miles de libros a su disposición, algunos muy antiguos y complicados de conseguir. Prefería los libros de arte, sobre todo del arte clásico, admiraba sobre manera el mundo helenístico: esa forma de representar el dolor, los sentimientos en las facciones, las curvas femeninas, los musculosos varones... si pudiera, llenaría la casa con ese tipo de esculturas, copias u originales.

Y la relación con su padre... era extraña. No es que lo mirara con cariño, es más, le odiaba profundamente; pero junto a ese odio casi irracional se mezclaba con un amor profundo, directo, intenso, tanto que ella misma confundía ese sentimiento de cariño con amor pasional, como el que se siente una enamorada. Era una sensación desconocida para ella, un "pecado" como dirían los creyentes de esa decrépita y condenada a la extinción religión denominaba Cristianismo. ¿Y qué si sentía amor por su padre, un amor que iba más allá del cariño espiritual? ¿Quién iba a ser el primero que tirara la piedra, que la acusara de estar cometiendo un acto terrible? No es que la diera miedo tener ese sentimiento, sino que le aterraba. En una palabra. Desde aquel día de la bofetada, cuando su padre se derrumbó ante ella... una emoción nació en su pecho, y la encantó: el que alguien la suplicara, se pusiera de rodillas, la hacía sentir más grande, mejor... poderosa. Una sed nueva había despertado en su interior, y era el deseo de poder, de controlar a todos los demás, de ser una líder despiadada.

Pero no podía cumplir sus objetivos en esa hermosa jaula de barrotes de oro. No podía cumplirlo estando su padre detrás de ella, como una sombra, mandando sobre todo. Ella tenía que ser la que ordenaba las cosas, y los demás arrodillados a sus pies. Sonreía cada vez que pensaba en ello, una mueca algo desagradable se dibujaba en sus labios. Sería tan perfecto... Murmuraba para sí en su habitación, ante los libros de su estantería. Desde que tenía uso de razón, leía. Todo tipo de libros, pero sobre todo de religión. Le parecía un aspecto humano de lo más curioso. Y una herramienta perfecta para la dominación. Pensar en los nobles de siglos pasados, en los curas, en los reyes, que se autorpoclamaban en el poder solo gracias a que una divinidad allá por los cielos les colocaba la corona, o las tierras, o los poderes. Sublime. Ella deseaba retroceder a esa época, un mundo de superstición y temor, donde los fantasmas de lo desconocido se alzaban en cada esquina, en cada rincón de la casa, materializados en demonios o seres sobrenaturales. Y la religión como un paladín de armaduras brillantes y doradas, dispuesta a luchar contra eso, dispuesta a imponer sus creencias, y eliminar a aquellos que piensan lo contrario. Cristianismo, islam, judaismo... todas son iguales. Lo único que tienen en común es la creencia en una sola divinidad. Ay, si se pudieran cambiar las cosas...

No es que fuera una alumna brillante, pero con el mínimo esfuerzo sacaba muy buenas notas. Había pocas cosas que la llamaran la atención en las aburridas clases de la escuela, eran cosas tan insulsas, tan estúpidas... pero necesarias. Por eso se esforzaba algo. Ya llegaría el momento de estudiar lo que a ella le gustaba en realidad. No veía el momento de llegar a su casa, encerrarse en su habitación, y ponerse a leer. No veía el momento de sumergirse en internet, meterse en páginas web para comprar los libros más extraños, más significativos, y ampliar su conocimiento. Para la edad que tenía, había adquirido un bagaje cultural más que interesante. Podía discutir con gente de mayor edad, y se defendía bastante bien. Aunque aún le faltaba la sabiduría que da la edad de forma natural, su padre ya pensaba en que sería una eminencia en lo que le gustara. Y con ese sentimiento depredador, de lucha encarnizada por sus sueños, sin importar los métodos a tener en cuenta, la haría llegar muy lejos.

Pero no solo leía encerrada en su habitación, también su mente pensaba acerca de la futura fuga. No era estúpida, tendría que esperar bastante, pues una niña de tan tierna edad sería carne de cañón en un mundo que consideraba cruel y despiadado. No le cabía la posibilidad de que hubiera ni una alma buena, sentía rencor por todo y todos, sin llegar a entenderlo bien del todo. Desde que pasó el incidente de su padre, no dejaba de darle vueltas a una cosa... pero cada vez que ese pensamiento estaba en su cabeza, un escalofrío recorría su espalda. Era una sensación extraña...

Los humanos no pueden escapar a sus designios, y Victoria se acercaba al suyo a pasos agigantados. En los años anteriores a la adolescencia, sus compañeros de clase empezaban a ser especialmente pesados con ella. Los chicos seguían detrás de ella como moscas, atraídos no solo por su belleza reseñable, sino también por su carácter altivo y despreciativo. Sus ojos gélidos, sus cabellos como el fuego, y ese ademán de señorita inglesa la hacían foco de todas las atenciones. Cosa que ella odiaba hasta límites insospechados. Deseaba tener la fuerza suficiente para hacerlos escarmentar, que no se atrevieran a tocarla ni acercarse a ella lo más mínimo. Pero, para hacer honor a la verdad, solo con ese aura que la rodeaba era capaz de mantener a raya a cuantos hombres conociera; aunque no funcionaba igual con las mujeres. Cuando crecieron, sus compañeras se volvieron presumidas, odiosas y muy peligrosas, pues la envidia les corroía las venas. Y la veían a ella... con la atención de todos los chicos... y esas riquezas... Intentaron antes hacerse sus amigas, con toda la hipocresía de la que eran capaces. Mas Victoria era mucho más inteligente, a pesar de su edad. Y cuando ellas se dieron cuenta que solo se estaba burlando de su ignorancia y corto entendimiento, declararon la gierra abierta.

Los enfrentamientos eran los propios de los niños, con insultos y poco más. A la hora de llegar al instituto, donde los niños son mucho más crueles porque se sienten protegidos por más personas y por tener la sensación de ser mayores, hacen lo que su imaginación crea. Un día, de camino a casa, la estaban esperando muy cerca de la entrada a su casa. Nunca se habían atrevido a ir tan lejos.

- ¿Qué he hecho a Dios para que me manche mis tierras con semejantes seres, si es que os merecéis ser considerados humanos?

- Deja de hablar como si estuvieras en el siglo pasado, Pelo de Fuego -dijo Estrella, antigua amiga suya cuya familia, que tuvo que vender sus tierras para pagar las ingentes deudas, estaba en la bancarrota. Y ellos, buscando un chivo expiatorio, lo encontraron en los Beaufort-. Ya sabes por qué estamos aquí.

-Ilústrame con tu sabiduría, Estrella. Pero rápido, que tengo prisa.

-¡¿Encima te burlas de mí?! Mi familia tiene que aguantar mucho sufrimiento y humillaciones de los demás, por culpa de tu familia. No dejaré que una "mini-Beaufort" me diga esas cosas.

- Debo recordarte que nosotros no tenemos la culpa de que "tu" familia se dedicara a gastar por encima de sus posibilidades. Está claro que queríais ser como nosotros, pero es obvio que un mortal no se puede comparar con un dios.

- Jajaja -una risa aguda y melodiosa salió de sus labios- siempre tienes que tener la última palabra, ¿verdad? Bueno, no sé si te has dado cuenta, pero somos tres contra una sola, que eres tú. Y en ese desequilibrio de poderes, ¿sigues siendo una asquerosa prepotente?

- A mí no me da miedo nada.

- ¿No? -chascó sus dedos, y uno de sus "ayudantes" se fue detrás de un árbol y, con la velocidad del rayo, volvió con una caja de cartón en sus manos. La abrió con una sonrisa maquiavélica en sus labios. Ante los ojos de todos se presentaba un gato, de un año como mucho, medio dormido por la morfina. Los dientes de Victoria chirriaban-. ¿Te resulta familiar?

- Suéltalo.

- No ha sido difícil conseguirlo. No tratas especialmente bien a tus criados, Victoria. Deberías pagarlos mejor -y volvió a reírse. Victoria hizo un ademán de acercarse-. Ah, ah, no te muevas. No quieres que le pase nada malo, ¿verdad?

- Eres de lo peor. Ojalá te pudras.

- Chicos, sujetadla bien -sus dos compañeros, verdaderos armarios, se apresuraron a cogerla por los brazos. Victoria intentó escaparse a sus brazos, pero no podía competir en fuerza con ellos. Pero eso no la amilanó, sino que forcejeó con sus captores hasta que sus manos apretaban hasta causarla moratones y una mueca de dolor en su rostro-. Por fin veo en tu cara algo de dolor, pero es una mínima parte de lo que tu familia me ha hecho pasar.

- ¿Qué quieres?

- ¿No es obvio? Quiero que pases por lo mismo que he pasado yo. Ver ante tus propios ojos cómo un ser muy querido para ti muere enfrente tuyo. Sí que es cierto que para que fuera igual tenía que ser con un humano, pero creo que no guardas amor por nadie. Sin embargo, podemos amar a un animal tanto como una persona... así que no es tan mala idea -el gatito estaba empezando a despertarse de su sopor. Unos maullidos lastimeros comenzaron a salir de su boca-. Se llama Ártemis, bonito nombre. Como siempre, algo de "cerebritos"- y sacó un cuchillo de su manga-. No durará mucho más.

- ¡No te atrevas a hacerlo! ¡Te vas a arrepentir!

- Ponte de rodillas -los chicos, tras una patada en las rodillas, la obligaron a arrodillarse. Sus cabellos tocaron el suelo, mientras su mirada seguía enfrentándose a Estrella -. A pesar de tu situación, sigues con la mirada altiva. Espero que con esto aprendas la lección.

En cuanto acabó la frase, pasó el cuchillo por la garganta el indefenso animal. Un chorro de líquido carmesí salió de la herida, con los ahogados y desgarradores chillidos del gato. Su cuerpo se convulsionaba en los últimos estertores, contrayéndose y expandiéndose. Victoria quería dejar de mirar, pero no podía; sus ojos estaban abiertos como platos, creía que era un mal sueño, deseaba que fuera una pesadilla. Nada salió de sus labios, pero las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. La tristeza luchaba con el odio que sentía en su interior; Estrella no podía dejar de reírse, mientras zarandeaba el gato de un lado a otro, ya sin vida alguna.

- ¿Qué se siente cuando te arrebatan lo que más quieres? ¿Dolor, impotencia, tristeza, odio...? Todo lo que estás pensando, yo lo pensé en su día. Todo lo que quieres hacerme, eso mismo planeé yo contra tu familia, y más concretamente contra tu querido padre. Pregúntale el por qué de mi odio, porque solo él debe contártelo, no yo. Y si quieres echarle a alguien la culpa de esta muerte... solo puede ser a él. Nadie más carga con más peso de carga que él. David, Julio, dejadla. No creo que pueda hacer nada. Vámonos.

Mientras se marchaban , Victoria no podía ponerse de pie. Se arrastraba, no la importaba mancharse o romperse el vestido, ya se compraría otro. Podía comprarse cualquier cosa, menos el amor que otros podían sentir por ella. Ella quería a ese gatito porque los animales veían más allá de los defectos, no juzgaban a los demás, solo te miraban con esos ojitos comprensivos y estaban allí si lo necesitabas. Ninguna palabra, solo su mera presencia era suficiente. Abrazó su frío cuerpo, ya sin vida, y se manchó el cuerpo con la sangre derramada de la herida. Las lágrimas se mezclaban con el rojo elixir, pero no la importaba. Era una de las muy pocas veces que sus ojos se encontraban tan irritados por las lágrimas. Y la tristeza dio paso al odio, un odio que desataría todo tipo de males. Y en el silencio del camino, murmuraba una y otra vez

Nunca perdonar, nunca olvidar
 



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