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sábado, 21 de junio de 2014

VII. La historia de Selene


Como supongo que habrás adivinado, o te habrán contado -pues mi familia tiene una curiosa reputación en la Villa-, yo nací en la noble familia de los Alcubierre, que como ya sabrás hasta nuestro nacimiento no había familia con un nombre más noble y honorable que el nuestro; hasta el monarca, y sus sucesores, guardaban un gran respeto por esta nuestra casa, debido a los grandes servicios que nuestro primer antepasado, Alonso de Alcubierre, había realizado para la Corona. De generación en generación se iba contando a todos sus descendientes las hazañas, más ancladas en la fantasía que en la realidad, de aquel Alonso primer integrante de la casa Alcubierre, y una extraña historia sobre su muerte, a la edad de 90 años. Se decía que era muy supersticioso, y a partir de los 80 años, ya presa de la demencia senil propia de la edad, que Dios le había dado, en virtud a su comportamiento como buen soldado y piadoso creyente, el don de ver el futuro de su familia en un sueño. Cuando contaba esa historia, en sus ojos se podía ver el éxtasis que lo embargaba, y se negaba en redondo a describir la figura del Altísimo, pues no quería desvelar el verdadero rostro de Dios -que Él mismo se lo había pedido-. Lo más curioso de esta historia, que llegó hasta mi hermana y a mí, era que en aquel sueño premonitorio aquel hombre había visto el final de su familia, cómo caía en desgracia su linaje, muy atrás en el tiempo, pero que ocurriría al fin y al cabo. Aunque de forma muy borrosa, dijo antes de morir que a todos sus descendientes les contaran solo unas breves señales de que ese futuro se cumpliría mientras ellos vivieran: primero, el nacimiento de dos niñas gemelas; segundo, el amor que lo estropeaba todo, y tercero, las malas decisiones causadas para ponerle remedio. 

miércoles, 11 de junio de 2014

VI. Encuentro a medianoche


Cuando conseguí abrir los ojos, me encontraba abrazado en la oscuridad de la noche, no había casi diferencia alguna con tenerlos cerrados. Mi mente era un mar enturbiado, con las olas luchando entre ellas, y no podía pensar con claridad. Notaba, poco a poco, una especie de sensación gélida, como la mano de la Muerte, que acariciaba mi espalda dejándome una sensación de terrible incomodidad; luego, un dolor pulsante, intermitente, como si me clavaran dagas o estacas en la columna. Movía mis brazos en un movimiento reflejo de quitarme esa sensación de malestar, estaba luchando contra fuerzas que no podía ver y que solo podía percibir con mis sentidos; apoyé las palmas en el suelo, que estaba frío y húmedo, como si estuviera en la tierra, y con toda la fuerza de la que disponía quería aunque solo fuera recostarme, no tener la espalda tocando esa superficie que cada vez se clavaba más en mi cuerpo -tenía la sensación de que manos con uñas largas y afiladas estaban arañándome poco a poco, de tal forma que parecía que quisieran llamarme la atención o arrastrarme a su sufrimiento-. Apretando mucho los dientes, por el esfuerzo realizado... conseguí recostarme, mientras seguía sin ver absolutamente nada a su alrededor, cosa que me mantenía muy incómodo, porque a saber lo que estaba rodeándome; ¿y si había gente a mi alrededor, en una especie de aquelarre o que dominaran fuerzas oscuras, y yo era su víctima? Mi mente estaba demasiado sugestionada, por lo que me imaginaba de todo.

sábado, 26 de abril de 2014

V. Atrapado en la oscuridad


Estuve en mi casa muchos días pensando, agitando en mis pensamientos los últimos acontecimientos, que cada vez se estaban escondiendo más en ese velo de misterio y de incertidumbre. Eran pocas las ocasiones en las que me sentía impotente, pues mi sentido aventurero y, ante todo, mi edad -la juventud es el momento que te otorga la vida de ser intrépido y osado en las situaciones- me impedían rendirme ante las cosas, tenía que solucionar todo costase lo que me costase. Pero esto... me sentía como los protagonistas de algunas historias románticas, de hombres que acababan luchando con fuerzas oscuras y que iban más allá del entendimiento humano, enfrentarse a hechos sobrenaturales que podían minar tu cordura y razón. Me sentía como Don Álvaro, siendo arrastrado por mi inevitable sino, marcado por Dios y por las leyes de la naturaleza, pudiéndose resistir todo cuando quisiese, que nadie iba a poder salvarme. Me sentía como Don Juan Tenorio ante el espectro de su amada Doña Inés, pues cada vez mi mente racional caía en el pensamiento de que Selene era un fantasma; todo cuadraba, claramente, pero siempre mi cabeza se aferraba a lo mínimo para mantenerse en la realidad. ¿Por qué, entonces, podía tocarla como si fuera de carne y hueso? ¿Por qué no veía a través de ella? ¿Por qué no me asustaba su presencia, sino todo lo contrario: una sensación de paz, de quietud... e incluso de familiaridad? 

martes, 18 de febrero de 2014

IV. Un revés del destino



Ya no podía creerlo… ¡mi abuela conoció a la madre de mi amada! La gente que no cree en el destino ahora debe estar con los ojos abiertos como platos, con la boca abierta de la muda sorpresa, y pensando en todo lo que han escuchado acerca de ese destino que muchos consideran inexorable y que ellos tildan de simple charlatanería… ¿Coincidencia? Las coincidencias no existen, y mucho menos en situaciones donde el elemento sobrenatural está presente a cada paso que das. Sin embargo, mi maravilla se solapa con la tristeza que me embarga, pues siento mucha compasión por mi anciana abuela. Ese secreto tan arraigado en su corazón, esa carga de no haber perdonado a la amiga que la salvó de la desesperación e incluso soñar que se abrasa en el fuego del Infierno por el suicidio que se cometió... ojalá supiera qué decirla, pero las palabras no salen de mi boca, me quedo mudo; mi cerebro no reacciona, simplemente se queda en un estado de pausa, sin saber qué orden dar al resto del cuerpo. Y me hubiera gustado tanto ayudarla… es una de las pocas personas de mi familia a las que aprecio de verdad, y no me agrada en absoluto verla derrumbada, con el carácter y el porte que siempre ha tenido y ha cuidado de mantener. 

viernes, 31 de enero de 2014

III. Aumenta el misterio


Veía mis esperanzas renacidas, sentía que poco a poco me estaba acercando a mi meta final: averiguar de una vez por todas quién era esa misteriosa mujer que cada luna llena estaba en el puente, observando a la luna, como si de ella esperara la solución a todos sus problemas. Un terror preternatural invadía mis pensamientos sobre aquella doncella, porque de repente todo parecía encajar en mi cabeza: una mujer misteriosa, que vestía de una forma “pasada de moda”, que solo aparecía en las noches de luna llena, y cuya muerte fue la comidilla de las chismosas del momento, incluso todavía se transmitía de boca en boca. Pero tampoco podía ser posible, por dos simples razones: primero, porque no creía en fantasmas, esos seres que plagaban la imaginación de los pueblerinos, apareciendo en todo tipo de historias y de cuentos, como si fuera lo más normal ver uno de esos espíritus. Yo no creía en ellos, no entendía por qué un espíritu se encuentra en nuestro mundo, no consideraba que fuera divertido quedarse en este mundo, y aunque fuera un alma atormentada, para eso se encontraba el Infierno o el Cielo, y siempre los monjes nos contaban que el descanso eterno llega con la muerte; por otro lado, la había tocado, era un ser corpóreo con masa, huesos, músculos, tenía consistencia. ¿Desde cuándo un fantasma podía tener eso? Al menos en las historias que circulaban sobre ellos se mostraban como figuras incorpóreas, un pasado de lo que fueron, una pálida sombra de lo que en realidad fueron en vida.   

lunes, 20 de enero de 2014

II. Relato del campesino



El Manzanares era un lugar lleno de barro, de mujeres cotilleando mientras lavaban las prendas de toda su familia; un olor de jabón y productos de limpieza de dudosa eficacia penetraba en todo aquel que caminaba por allí, un olor que llegaba hasta el cerebro de lo fuerte que era; hasta algún cantar se escuchaba, en la lejanía, como una forma de quitar tedio a un trabajo tan arduo como ese. Era en esos momentos, cuando veía a la gente de clase más baja que la mía, trabajar de esa manera, doblándose las espaldas, creando callos en las manos por el campo, la piel tostada por el sol, el cuerpo sucio porque los baños no son precisamente comunes en ellos, agradezco al Cielo y a Dios haber nacido en una familia como la mía, al menos por las comodidades en las que me sumía día tras día, desde mi nacimiento. Pasé por el puente, dejando atrás la ciudad en la que nací y me crie, y seguramente moriría, para adentrarme en territorio totalmente desconocido. Más allá del guardián de piedra de la ciudad, como me gustaba llamar a ese puente, se encontraba el campo, literalmente, la vida salvaje y, si eso, alguna que otra casa de la gente más pobre, chamizos de madera y barro, escondidos entre los anchos troncos de los árboles, cubiertos por sus frondosas copas. El olor del río seguía vigente, pero mucho más tamizado, mezclado con el frescor y el aroma de la naturaleza sin ser alterada por el hombre, por el ruido de las ruedas de los carruajes chocando sobre el empedrado de las carreteras, las conversaciones de los que caminaban por las aceras, de los bares, abiertos de par en par, donde se mostraba la vida madrileña en su máximo esplendor. Me pareció un lugar maravilloso, tranquilo, aunque me lo imaginé de noche, y lo percibí como un lugar terrorífico, donde mi imaginación jugaría con las sombras de todo lo que me rodeaba, viendo en ellas seres de la oscuridad que me acechaban, esperando el momento oportuno para atacar. 

sábado, 18 de enero de 2014

I. Primeros encuentros


¡Cuán pesado resulta a veces reprimir tus sentimientos, esconderlos en tu corazón, porque a nadie puedes decírselo!

Hoy he conocido a una mujer... la más hermosa criatura de Dios que haya visto, de una mirada tan tierna, de unos brazos tan delicados y blanquecinos, de unos cabellos tan ligeros que caían en cascada sobre sus hombros, alcanzado sus senos, tan perfectamente colocados en su cuerpo. Sí, es cierto que no es adecuado para un caballero fijarse en semejante parte, pero no pude evitarlo, porque su cuerpo era bello, igual al de una escultura griega, obra de los Grandes del pasado, como una Afrodita recién sacada del taller de Praxíteles, con sus formas sinuosas tapadas por ropajes tan bellos como su persona, pliegues que insinúan sus curvas femeninas, provocando la misma pasión que ver un cuerpo desnudo, como el relato del joven que, al ver la hermosa Afrodita de Praxíteles, no pudo refrenar su deseo para con la diosa; mi corazón se excita solo de pensar en ella, solo de imaginarme su aroma, solo de imaginar que puedo estar con ella, disfrutar de su melodiosa voz, de sus curiosos ojos azulados, que se clavan en los míos, con una mezcla de la ternura más inmensa y del amor más inocente. Su sonrisa es capaz de resucitar a un muerto, podría jurarlo sin perder un ápice de mi dignidad ni del valor de mi palabra.