El mundo cambió a partir de aquella noche. El comportamiento de Victoria se calmó de repente, ante el asombro de todos los sirvientes y de sus institutrices. Ahora era atenta, cumplía con las órdenes, era sumisa y no causaba más problemas. Sus escapadas nocturnas habían desaparecido, ya no pasaban por su cabeza, simplemente se dedicaba a observar la luz de la luna hasta que sus ojos se cerraban por sueño. A pesar de todo, seguía manteniendo ese porte orgulloso, de una auténtica Beaufort; su ego estaba por encima de todo aquello. Su padre estaba más que complacido con ella, pensaba que había asentado de una vez la cabeza, y poco a poco su mente iba planificando su futuro: estudiar en las mejores escuelas, aprender los modales aristocráticos, ser despiadada y directa en sus objetivos, letal con sus enemigos... y fiel ante los amigos, aunque fuese de una manera un tanto peculiar. Nada de mostrar afecto, signo de debilidad para Jonathan, ni siquiera hacia él, que era su padre. Implacable como una tormenta, sigilosa como un gato, que nadie supiera en qué estaba pensando, ni siquiera tenían que intuir sus movimientos. Parecía que iba a prepararla para ser una espía o un soldado de élite, pero eran los requisitos básicos para mantener el poder de la familia en un mundo tan competitivo como era la aristocracia inglesa.
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jueves, 12 de marzo de 2015
jueves, 23 de octubre de 2014
La infancia. I: Tensiones familiares
Era el condado de Sussex, una zona rica en agricultura, donde se encontraban los últimos resquicios de la vieja aristocracia. Ese estamento social que estaba abocado a la destrucción. Ancianos que se consumían en sus recuerdos del pasado, en un mundo en el que ellos eran los reyes, que tenían todo el poder, y en el cual los plebeyos -una gran mayoría-, bailaban a su son; casas enormes, con jardines inmensos y un grupo de sirvientes tan numeroso como la cubertería de plata y las copas del más fino cristal; el aullido de los perros de caza, la equitación, los chismorreos, el qué dirán, la competición por quién tenía más dinero... un mundo que aparentaba ser perfecto, pero que en realidad era una tapadera de oro que escondía los peores sentimientos y comportamientos del ser humano: destruir o ser destruido. Y si las generaciones venideras al menos hubieran tenido una educación diferente, enraizada en unos valores más acordes a la nueva era que se avecinaba... pero esa es otra característica de la aristocracia, los cambios les abruman y asustan como ni una otra cosa en este universo, lo consideran una amenaza en grado sumo, algo que no les conviene en absoluto y que deben eliminar como sea. La aristocracia en Inglaterra aún tiene bastante poder, pero no tanto como hace unos cuantos siglos. Estas nuevas generaciones crecen en la opulencia, se convierten en seres engreídos que creen ser mejores que los de la "clase más baja que ellos", empleando palabras tan arcaicas como proletarios o plebeyos, vocablos que se emplearían en el S.XIX, pero para nada se escuchan en boca de los habitantes del S.XXI. Otra forma más de anclarse en el pasado.
domingo, 17 de agosto de 2014
La transformación: III. Un deseo
Ya
no podía quitarme esa imagen de la mente, el olor que la rodeaba, sus ojos que
parecían taladrar mi alma… y esa sonrisa, la cual era una mezcla perfecta entre
la dulzura y el odio más profundos que un ser humano pudiera soportar, hacían
que mi atracción por aquella mujer fuera en aumento, así como un escalofrío que
recorría toda mi espalda, a la vez que mi cuerpo emanaba un sudor frío que solo
sufría cuando sentía el más puro hielo. Así me sentía cada vez que la veía.
Sencillamente, me consideraba muy estúpido, como un adolescente o un chiquillo
de 10 años que siente un amor platónico por alguien; yo a esa edad contaba con
30 años, era ya todo un adulto, y así me consideraba, pues precisamente no
andaba escaso en conocimientos ni en sentido común. Yo ya había sentido cosas
similares al amor, pero siempre quería estar alejado de todo ese maremágnum de hormonas y emociones, pues
casi siempre acababan en muy mal lugar. ¿Para
qué demonios sufrir por una persona, cuando uno ya es suficiente fuente de sus
propios males? Usaba a las mujeres como desahogo sexual, no lo voy a negar,
pues mi cuerpo me pide ciertas cosas –que no puedo controlar ni tampoco hacer
que no existen-, y varias veces al mes visitaba aquellos lugares que eran
tachados por los moralmente dotados del
poder para decir lo que los demás deben hacer para complacer sus apetencias
sexuales. Nunca fallaba, o bien porque ya estaba acostumbrado a ello, o simple
y llanamente porque su naturaleza se lo pedía, se lo exigía. No puedo evitar reírme de aquellas mujeres que me tacharán
de sexista, machista, o alguno de esos “atributos” que están ahora tan de moda
en nuestra sociedad “políticamente correcta”. Me río de cada uno de ellos.
miércoles, 23 de julio de 2014
II. El castillo de Somlya
El castillo de Somlya poseía una fama no menor a la gente que lo habitó: Catalina Teledgy, esposa del fiel sirviente a la corona húngara
Esteban Bàthory, había sido una mujer que profesó un amor sincero y
sencillo por su marido, pues los dos, a pesar de las riquezas que ostentaban como
aristócratas de una de las familias más importantes, no lo demostraban
en absoluto. Ella era conocida, ante todo, por su gusto sencillo en
joyas y vestidos, llevando trajes que no eran muy suntuosos y caros,
pero igualmente hermosos, pues en su juventud había sido conocida por su
explosiva belleza. Ahora su rostro estaba surcado por arrugas, sus
cabellos habían pasado del castaño oscuro al blanco, pero sus ojos
azules seguían emanando esa seguridad y esa vitalidad que antaño pegaba
más con su cuerpo. Sus decisiones eran tomadas al pie de la letra, pues
era clara y no dejaba nunca nada en el tintero -como dicen-, y todos la
obedecían sin rechistar, nadie se atrevía a contradecirla por esa voz
tan autoritaria y ese genio característico de su familia. Muchos
chismosos decían que en realidad mi abuela era la que llevaba los
asuntos en el castillo, y de ser así ¿qué problema había en ello? ¿Acaso
una mujer no puede ser tanto o mejor administradora que el varón? De
todas formas, es cierto que era una imagen de lo más atípica, y en el
fondo una mentira, pues mi abuelo también tenía carácter y no dejaba a
mi abuela meterse en asuntos que no la competían -y que ella, estaban seguros, no querría entrometerse en los asuntos de su marido-.
sábado, 21 de junio de 2014
VII. La historia de Selene
Como supongo que habrás adivinado, o te habrán contado -pues mi familia tiene una curiosa reputación en la Villa-, yo nací en la noble familia de los Alcubierre, que como ya sabrás hasta nuestro nacimiento no había familia con un nombre más noble y honorable que el nuestro; hasta el monarca, y sus sucesores, guardaban un gran respeto por esta nuestra casa, debido a los grandes servicios que nuestro primer antepasado, Alonso de Alcubierre, había realizado para la Corona. De generación en generación se iba contando a todos sus descendientes las hazañas, más ancladas en la fantasía que en la realidad, de aquel Alonso primer integrante de la casa Alcubierre, y una extraña historia sobre su muerte, a la edad de 90 años. Se decía que era muy supersticioso, y a partir de los 80 años, ya presa de la demencia senil propia de la edad, que Dios le había dado, en virtud a su comportamiento como buen soldado y piadoso creyente, el don de ver el futuro de su familia en un sueño. Cuando contaba esa historia, en sus ojos se podía ver el éxtasis que lo embargaba, y se negaba en redondo a describir la figura del Altísimo, pues no quería desvelar el verdadero rostro de Dios -que Él mismo se lo había pedido-. Lo más curioso de esta historia, que llegó hasta mi hermana y a mí, era que en aquel sueño premonitorio aquel hombre había visto el final de su familia, cómo caía en desgracia su linaje, muy atrás en el tiempo, pero que ocurriría al fin y al cabo. Aunque de forma muy borrosa, dijo antes de morir que a todos sus descendientes les contaran solo unas breves señales de que ese futuro se cumpliría mientras ellos vivieran: primero, el nacimiento de dos niñas gemelas; segundo, el amor que lo estropeaba todo, y tercero, las malas decisiones causadas para ponerle remedio.
lunes, 16 de junio de 2014
La transformación: II. El sueño
El sueño que tuve esa noche fue de lo más extraño, vívido, como si hubiera sido una parte más de mi vida. Estaba sentado, solo en el palco de butacas, viendo una representación de lo más extraña. En el centro, con una luz rojiza trémula a aquella mujer, a Isabella, llevando un vestido negro con algún que otro encaje de color rojo, muy del estilo victoriano, contrastando con su pálida piel; esa tonalidad tan cadavérica, tan propia de la muerte, la hacía parecer a mis ojos como un muerto andante, un ser ya casi sin vida que se aferra a la última esperanza de sobrevivir a un día más. Hasta las facciones del rostro eran angulosas, afiladas, como si alguien hubiera succionado su sangre, su carne, todo cuanto hubiera en su interior y una fina capa de piel separara el exterior carnoso con el interior conformado por puro hueso. En palabras sencillas, era una imagen de lo más grotesca, como una anoréxica, pero no sabía por qué razón no podía apartar mis ojos de ella, estaba fascinado con ese cuerpo -aunque me resultaba repulsivo-, y mis ojos se clavaban en ella deseosos de poder tocarla, de sentirla... de violentarla. Mis instintos más primarios estaban a flor de piel; pero me encontraba atado a la silla, por fuerzas invisibles que no veía pero sí percibía, estaba pegado literalmente en la silla, sin posibilidad de hacer nada, porque tampoco quería hacer nada. Mi cuerpo y mi mente querían cosas muy distintas: mi cuerpo, alejarse lo más posible de ese espectáculo dantesco, mi mente quería dejarse llevar por esas emociones y ver a dónde iba a parar.
miércoles, 11 de junio de 2014
VI. Encuentro a medianoche
Cuando conseguí abrir los ojos, me encontraba abrazado en la oscuridad de la noche, no había casi diferencia alguna con tenerlos cerrados. Mi mente era un mar enturbiado, con las olas luchando entre ellas, y no podía pensar con claridad. Notaba, poco a poco, una especie de sensación gélida, como la mano de la Muerte, que acariciaba mi espalda dejándome una sensación de terrible incomodidad; luego, un dolor pulsante, intermitente, como si me clavaran dagas o estacas en la columna. Movía mis brazos en un movimiento reflejo de quitarme esa sensación de malestar, estaba luchando contra fuerzas que no podía ver y que solo podía percibir con mis sentidos; apoyé las palmas en el suelo, que estaba frío y húmedo, como si estuviera en la tierra, y con toda la fuerza de la que disponía quería aunque solo fuera recostarme, no tener la espalda tocando esa superficie que cada vez se clavaba más en mi cuerpo -tenía la sensación de que manos con uñas largas y afiladas estaban arañándome poco a poco, de tal forma que parecía que quisieran llamarme la atención o arrastrarme a su sufrimiento-. Apretando mucho los dientes, por el esfuerzo realizado... conseguí recostarme, mientras seguía sin ver absolutamente nada a su alrededor, cosa que me mantenía muy incómodo, porque a saber lo que estaba rodeándome; ¿y si había gente a mi alrededor, en una especie de aquelarre o que dominaran fuerzas oscuras, y yo era su víctima? Mi mente estaba demasiado sugestionada, por lo que me imaginaba de todo.
martes, 10 de junio de 2014
La transformación: I. Fascinación
En el mundo existen muchas cosas
que no entendemos, o a las que intentamos darle un sentido lógico y
científico, pues nos negamos en redondo a que, en pleno S.XXI, existan
cosas que todavía no tengan respuesta: qué hay después de la muerte, si
existen elementos sobrenaturales y, de ser así, por qué están ahí, qué
nos quieren decir; cosas como simplemente de dónde venimos -pues el ser
humano siente un miedo irrefrenable al pasado que no conoce y al futuro
que cada vez se delimita con más soluciones y también nuevos problemas-,
y miles de cosas más. Yo era un científico, nacido en una familia atea y
que no creía absolutamente en nada que no pudiera ver con mis propios
ojos o probar con la ciencia, que era mi aliada; mis padres me educaron
en sus ideales, y cuando tenía ya unos 10 años tenía una pasión por la
ciencia y el saber, pues me había abierto los ojos a buscar la verdad en
las cosas con las herramientas de la lógica y la razón. Incluso cuando
murieron mis padres, sentí la tristeza de perder a un ser querido, a los
que me habían educado y preparado para el mundo que me rodea, pero con
un sentimiento de temor porque, según mi pensamiento, pasada la barrera
de la muerte no hay nada, ¡nada! Ahora mismo ya se encuentran en la no
existencia, meros recuerdos en mi mente y en la de aquellos que les
conocían. Al menos el ser humano que cree en Dios tiene la esperanza de
vivir eternamente, pero yo lo dudaba por mi pensamiento ateo: no hay
nada tras la muerte, solo la no existencia, concordando con el
pensamiento de los antiguos griegos en que la eternidad se consigue
cuando permaneces en la memoria de tus seres queridos y la familia, pero
que irremediablemente con el paso del tiempo irás cayendo en el
horrible agujero de la no existencia, del olvido. Debo añadir que,
aunque sea científico, siento una gran pasión por los clásicos y por la
Historia, no estoy para nada enfrentado a las humanidades, para mí son
una forma diferente de llegar al conocimiento.
Había
ocasiones en las que me hubiera gustado creer, porque de ser así quizá
ahora no estuviera en la situación en la que me encuentro, y el motivo
por el cual quiero escribir mi historia. Puede considerarse lo anterior
como una especie de prefacio, de prólogo para el relato que vendrá a
continuación, para que quien lo lea tenga una idea del protagonista del
relato -es decir, yo- y que pueda entender más o menos el motivo de mis
reacciones y actuaciones. Ahora tengo esta... maldición, que no me podré
quitar de encima por el miedo a morir, porque no quiero dar punto y
final a mi vida; seré cobarde, pensaréis, pero ¿quién de vosotros se
atrevería de verdad a quitarse la vida? Nuestra boca se agranda diciendo
que somos valientes y los demás no, pero las palabras se las lleva el
viento a no ser que venga acompañadas de actos o de la confianza que
sentimos por esa persona. Creo que ya no voy a enrollarme más, pues
estaréis ahora mismo pensando "¿qué le habrá pasado?"; curiosidad
inherente al ser humano, qué deliciosa y a la vez peligrosa, y daré
comienzo a mi relato. Espero que alguien, si lo lee y puede ayudarme, se
ponga en contacto conmigo o me responda o haga algo, porque yo me
enfrento a fuerzas que consideraba "inexistentes".
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