En
muchas ocasiones la vida da un cambio brusco, suceden cosas que nos
hacen replantear todo en lo que hemos creído y que hemos considerado
como las más correctas. En ese tipo de momentos, donde se tiene
que tomar una decisión que marcará el trayecto de nuestros días, es
necesario tener la serenidad y la madurez suficiente para no cometer
imprudencias; imprudencias que aunque no se sepa serán positivas o
negativas para uno mismo. En este tipo de encrucijada se encontraba
Perséfone, la joven diosa de la primavera. Aquel suceso que la ocurrió
apenas una semana la había dejado más que afectada. Sentía que su
corazón estaba deshecho, roto en mil pedazos, y que no tenía ganas de
hacer absolutamente nada. Solo quería estar encerrada en su cuarto,
mirando al infinito con unos ojos llenos de tristeza; no lloraba, más
por orgullo que no por necesidad, y hablaba poquísimo. Apenas comía,
apenas hacía lo que solía realizar en su día a día: ya no acompañaba a
las ninfas a sus paseos por el campo, ni recogía frutos silvestres o
flores para decorar su habitación o hacer guirnaldas de flores; y lo que
más miedo y dolor le producía… no se atrevía ni a pensar siquiera en
aquel estanque donde se produjo el suceso que poblaba sus pesadillas y
desazones. Solo nombrar ese lugar hacía que la diosa temblara y chillara
a la persona que lo decía, como si tuviera la culpa de todo. Sus ojos
verdes despedían chispas de ira y de dolor contenido, sus facciones se
volvían frías y duras, y lanzaba todo tipo de improperios. Las ninfas
empezaron a cuchichear y a apartarse de su camino, por temor a una
reprimenda inmerecida. Intentaban que su humor mejorara, pero es difícil
cuando la persona a la que quieres ayudar no pone nada de su parte.
Y
la que estaba más preocupada, aunque no lo dejaba relucir, era Deméter.
Por un lado estaba más tranquila, porque su hija ya no buscaba la
compañía de Hades, pero por otra parte jamás habría pensado que su hija
reaccionaría de esa forma. Ella solo quería que su hija no pasara por lo
que había pasado ella misma, pero su deseo egoísta se había
transformado en una compasión infinita. Deméter conocía muy bien a
aquella diosa, y era la que más notaba su transformación. La diosa de
las cosechas caminaba de un lado a otro de la sala del templo principal,
un lugar donde solo podía estar ella o en su defecto alguien que ella
misma escogiera para acompañarla. Se sentó en una especie de trono que
presidía la sala, un asiento sencillo de madera de nogal, uno de los
árboles más preciados por su madera. Apoyó su cabeza en una de sus
manos, y se tapó el rostro con la palma. Las cosas no habían salido como
ella esperaba, es más, se estaban desarrollando justo de forma
contraria a lo esperado. Suspiró. No sabía que mi hija estaba tan enamorada se decía a sí misma Deméter, yo
tenía miedo de que ella se equivocara y no supiera distinguir el amor
del simple capricho. Yo confundí esos conceptos, y como castigo estoy
aquí y no puedo convivir en el Olimpo sin sentir que mi vida peligra.
Aunque… cada vez que veo a mi hija todo ese arrepentimiento se disipa.
Ella es la razón de mi alegría, ella es la razón por la que sigo
luchando. No pudo evitar que sus ojos se humedecieran, presas de
aquel dolor que oprimía su corazón. Levantó su rostro, y se quedó
mirando al techo, como si allí encontrara las respuestas a todo. ¿Quizá
me he equivocado? Yo solo he hecho lo mejor para mi hija, la he
protegido de los peligros que ella desconoce por su propio bien. Creo
que debería hablar con ella detenidamente…
No era muy difícil
saber dónde se encontraba la joven diosa, pues siempre se encerraba en
su habitación, fuera el día que fuese. Primero, Deméter llamó
educadamente a la puerta, para avisar a su hija de visita. Esos pequeños
golpes fueron contestados por una voz débil, un sonido suave y
lastimoso. No pudo menos que sentir más compasión, si cabía, por su
hija. Tenía que arreglar esa situación lo más pronto posible, antes de
que empeorara. Abrió la puerta con cuidado, y entró en la habitación.
Perséfone se encontraba tumbada en la cama, con sus cabellos extendidos
sobre la superficie de la cama, y vistiendo un sencillo vestido blanco.
Miraba fijamente al techo, y tenía los brazos abiertos en cruz. Cuando
Deméter comenzó a andar hacia ella, Perséfone giró su cabeza para ver
quién era y, al ver a su madre, sonrió de una forma más que forzada para
complacer a su madre. Pero Deméter conocía demasiado bien a su hija, y
sabía leer cada gesto de su rostro, y supo perfectamente que esa sonrisa
era un intento de tranquilizarla, aunque ni por asomo conseguido. La
joven diosa se levantó lentamente, con los cabellos despeinados cayendo
en cascada sobre su espalda y hombros, y se colocó en el borde de la
cama. Deméter agradeció aquella acción, pues sería más fácil para ambas
entablar una conversación. Se sentó a su lado.
- Perséfone, he
venido aquí porque creo que debo hablar contigo –comenzó a decir
Deméter. No sabía muy bien cómo empezar, ni tampoco si su hija estaría
por la labor de hablar con ella. Si en el fondo la odiaba porque una
parte de la culpa por estar así recaía sobre sus hombros, lo aceptaría.
No estaba equivocada en ese aspecto -.
- Claro madre –contestó Perséfone de forma muy sumisa -.
- Mira… no es fácil intentar consolar a alguien en esta situación. Pero tienes suerte de que haya pasado por algo muy parecido.
-
¿En serio? –los ojos de Perséfone brillaron tenuemente, como si se
reavivaran. Hacía exactamente una semana desde que no se veía esa chispa
de vida en sus ojos claros -. ¿Pasaste por lo mismo? Cuéntamelo, te lo
pido.
- Perséfone… -y acarició la mejilla de su hija -, solo puedo
contarte una parte de la historia, que corresponde con la moraleja que
saqué de ella. yo confundí el capricho de una persona con el verdadero
amor, y ello me condenó a no volver a tener fe en el amor. Solo espero
que tú reflexiones y veas si merece la pena o no enamorarse… Yo llegué a
la conclusión de que no.
- No te entiendo, madre. ¿Por qué no quisiste volver a enamorarte? Los hombres no son todos iguales…
-
Claro que lo son –por unos segundos, la voz de Deméter sonó profunda e
incluso amenazante. Pero tan pronto como apareció, la diosa volvió a su
tono dulce y comprensivo -. Eres muy joven para entenderlo, pero
acabarás en la misma conclusión que yo. Perséfone, querer a una persona
no es solo el sentimiento, es mucho más. Tienes que compartir tu vida
con la otra persona, tienes que amoldarte a su forma de vivir al igual
que él a ti y sobre todo pierdes libertad. ¿Crees que podrías hacer lo
mismo que estando sola? No, no podrías hacerlo. Dejarías de caminar por
los bosques y praderas, dejarías de recoger flores o frutos silvestres, y
llegarían las responsabilidades y deberes… y después de eso las
discusiones y los diferentes puntos de vista.
- ¿Cómo puedes decir
todo eso si nunca has compartido su vida con nadie? No hablas con la
voz de la experiencia, sino con la voz de la teoría.
- No
necesitas experiencia para esto. Lo ves a tu alrededor. Pero no nos
vayamos del tema…
-Deméter quería cambiar de tema, puesto que no la
gustaba para nada hablar de ese pasado tan turbio y que escondía a su
propia hija. Había cosas que Perséfone no tenía por qué saber -. He
venido para ver si estabas mejor. No es bueno que te quedes encerrada
aquí. Tienes que respirar aire puro, entretenerte con lo que hacías
antes.
- Pero no puedo –el rostro de la diosa volvió a reflejar
ese dolor que albergaba en su interior -. Siento que no tengo ganas de
hacer nada, de quedarme aquí dentro, donde nadie pueda hacerme daño
–cruzó los brazos sobre su pecho, como si se protegiera de algo que solo
ella percibía y veía -. No soy tan fuerte como tú…
- No digas
eso. Eres mi hija, sangre de mi sangre, y eres muy fuerte –una sonrisa
llena de ternura surcó los labios de Deméter. Y la abrazó -. Cualquiera
que estuviera en tu lugar estaría así, de eso no lo dudes. Pero lo que
diferencia a cada persona es cómo encara los problemas. Puedes quedarte
aquí y vivir con miedo, o afrontarlo con la mirada bien alta. Es
decisión tuya.
- Madre… -Perséfone correspondió al abrazo de su
madre. Enterró su rostro en el pecho de la diosa, y no pudo evitar
sollozar un poco. Deméter acarició la cabeza de su hija, y besó
delicadamente sus cabellos -. Me siento tan estúpida… Yo pensaba que
Hades era mi verdadero amor, el que el destino había escogido para mí…
Pero resultó ser todo un engaño, mis ojos estaban nublados por el amor
que profesaba. ¡De verdad que me siento más que tonta, madre! Pensarás
que soy una niña, que me he dejado engañar.
- No puedo mentirte,
Perséfone, cuando vi a Hades me aterró la idea de que acabaras siendo su
esposa. Es el dios de los muertos, no puede amar nada que no sea la
muerte, el dolor y la soledad. Tú eres todo lo contrario. Jamás el
destino te habría jugado esa mala pasada.
- Pero Hades no es así.
Él era –y se separó de su madre, para mirarla directamente a sus ojos.
Algunas lágrimas caían por sus mejillas sonrojadas –distinto a como lo
vemos los dioses. En el fondo es tierno, comprensivo, y sobre todo sabe
escuchar.
- Mi pequeña, todavía sigues bajo el poder de Eros. Es
normal que a pesar de lo que te ha hecho lo defiendas. No es fácil
olvidar a una persona especial para uno mismo. Los hombres muchas veces
engañan, se muestran justo todo lo contrario a lo que son, para que
caigas rendida a sus pies. Y luego… haces cosas de las que puedes
arrepentirte toda la vida. Tienes suerte de no haber cometido ninguna
imprudencia –sus ojos se tornaron un tanto fríos y severos, pero seguían
manteniendo principalmente esa calidez que su hija necesitaba -.
- Es posible… ¿Cómo puedo olvidarle, madre? Necesito hacerlo.
-
Primero, entretenerte con lo que solías hacer. Las flores y los frutos
del campo te esperan, y las ninfas esperan que te unas a ellas en sus
paseos por las praderas cercanas. Están muy preocupadas por ti, y
encerrándote en este sitio tu piel tiene un tono pálido enfermizo. Este
es mi humilde consejo.
- Pero no me siento con fuerzas para ello…
-
Hay veces en la vida que tenemos que hacer cosas que no nos apetece
hacerlas, pero es nuestro deber. Oblígatelo a ti misma, y ya verás cómo
lo agradecerás en breve –y se levantó , hoy daremos un paseo las dos
juntas, como cuando eras pequeña. Recordaremos viejos tiempos –y rio -.
Perséfone,
sin decir ni una sola palabra, se levantó y asintió a su madre, para
mostrar su acuerdo. Tenía razón. No podía quedarse encerrada, rodeada de
todos esos sentimientos horribles que poco a poco la iban matando.
Tenía que sobreponerse, ponerse cara a cara frente al problema y
superarlo. Sería fuerte, cambiaría. Definitivamente quería ser como su
madre, una diosa solitaria en medio de la naturaleza que no necesitaba
la compañía de los demás dioses, sino que vivía de forma apacible y
tranquila lejos de todos los problemas y de rencores propios del Olimpo.
Deméter siempre se mostraba como una diosa llena de sabiduría y de
paciencia, de tranquilidad y de paz; era una diosa respetada y venerada
por los mortales, pues se encargaba de que las tierras produjeran todo
lo necesario para su supervivencia. Ahora más que nunca veía en su madre
un verdadero modelo a seguir, y no solo a la madre protectora. Salieron
al cielo abierto, que era de un azul brillante y penetrante. Perséfone
no pudo evitar salir corriendo, con los brazos extendidos, y dar vueltas
a su alrededor. Una sonrisa de verdadera felicidad surcaba su rostro, y
Deméter no pudo sonreír también. Si su hija era feliz, ella también lo
era.
Mientras, en el Olimpo…
Hera estaba sentada en
su trono de plata, sosteniendo una copa del mismo metal entre sus manos
finas. Se la acercó a los labios, que mostraban una sonrisa de triunfo
tan radiante que no podía esconder sus intenciones. Sus cabellos estaban
recogidos en un moño alto, y el vestido que llevaba terminaba en sendas
plumas de pavos reales de tonalidades verdosas, azules y violáceas.
Tenía las piernas cruzadas, y parecía como si esperara algo, mirando
fijamente la puerta que tenía frente a ella. Como reina de los dioses,
tenía conocimiento de casi todo lo que pasaba, y había puesto especial
atención a los rumores que había sobre Hades… Las noticias volaban en el
seno de los inmortales. Aquel suceso se propagó como una enfermedad, en
apenas un día todos los dioses se enteraron de la noticia, y hablaban
en voz baja sobre ella. La mayor parte de los dioses estaba sorprendida,
puesto que jamás habrían imaginado que el mismísimo Hades pudiera
llegar a enamorarse, y menos de una divinidad tan diferente a él; y por
otra parte, había algunos dioses que estaban un tanto decepcionados con
el giro tan brusco que se había producido, en especial los que más lo
sentían eran Posidón y Zeus, los hermanos de Hades. Cada uno tenía sus
motivos, pero Posidón no escondía su aflicción por su hermano, mientras
que Zeus lo disimulaba más. Pero los ojos de Hera podían penetrar en el
interior de su esposo, que era como un papiro desenrollado de emociones
para ella.
Estaba ensimismada en sus pensamientos, pero a pesar de
ello no la pasó desapercibido aquel cosmos que se acercaba hacia ella…
era demasiado conocido como para no reconocerlo, aunque estuviera
abstraída. Una sonrisa burlona apareció en su rostro. Sabía que iba a
aparecer, y sabía lo que la iba a pedir. Era demasiado evidente. Y lo
más gracioso de todo es que no se estaba dando cuenta de que estaba
siendo utilizado por ella, no era más que un muñeco en sus manos, que
bailaba a su son. Tenía unas ganas de reír, pero tenía que mantener la
compostura. No podía creer que fuera tan estúpido, que se dejara llevar
de esa forma por sus sentimientos de odio. Tampoco la importaba mucho,
siempre y cuando se portara bien e hiciera lo que ella pedía. Las
puertas se abrieron de par en par, con un ruido estrepitoso, y apareció
en medio del umbral la figura formada en mil batallas de Ares. Avanzaba
con paso decidido, con un fuego de furia en sus ojos, y con el rostro
deformado a causa de la ira que estaba en su interior. Sus pasos sonaban
con fuerza, como si pisara un terreno que quisiera destruir con sus
pies, e iba perfectamente acompasado, como si estuviera desfilando ante
sus soldados antes de una batalla. Se presentó justo delante de Hera, y
no se arrodilló, sino que se paró en seco y alzó sus ojos amenazantes a
su madre.
- ¿Qué pretendes hacer? –el tono de Ares era
autoritario, como si no se acordara de que estaba ante la reina de los
dioses, ante su propia madre -.
- Ares, creo que debes calmarte.
No hay necesidad de ponerse así –Hera intentaba que su hijo se
tranquilizara para poder razonar con él, pero tampoco podía evitar que
saliera de sus labios cierto tono burlón. La situación la resultaba más
que graciosa -. Todo lo que he hecho es por tu bien.
- ¿Por mi
bien? –Ares se alejó un poco de su madre, y se acercó a una mesa cercana
que había, llena de comida y de copas de plata. De un solo movimiento
tiró casi todo lo que había en su superficie, provocando un ruido que
resonaba en toda la sala -. ¡No me mientas! No sé qué puedo ganar
teniendo a Afrodita tan enfadada. ¡Me ha llegado a increpar que la he
sido infiel! ¿Eso es ayudar? Si no fueras mi madre... te ensartaría con
mi espada, y mancharía mi armadura con tu sangre.
- Te estás
comportando como un niño al que le han quitado su juguete –el tono de
Hera ahora se mostraba más severo, frío, demostrando quién era y el
respeto que tenía que tener Ares hacia ella. Se levantó de su trono, y
se acercó lentamente hacia su hijo mientras hablaba -. Deja a un lado tu
maldita prepotencia y furia, para poder ver las cosas con mayor
claridad. Querías a Perséfone para cumplir tu venganza; yo te lo
prometí, y está todo dispuesto para ello.
- Me estás engañando con
palabras agradables para mis oídos –la ira de Ares se había apaciguado
un poco, lo suficiente como para no abalanzarse hacia su madre
desenvainando la espada y para pensar con algo más de claridad -. Dices
lo que quiero oír, pero me estás mintiendo.
- ¿Eso crees? –ya se
encontraba detrás de Ares, y posó delicadamente su mano sobre su hombro
-. Tuve que enfurecer a Afrodita para conseguir cumplir tus deseos, hijo
mío, es el precio que tienes que pagar para llegar a tu venganza. ¿Acaso no la quieres? Te la estoy sirviendo en bandeja de plata.
- ¿A sí? Me gustaría verlo.
- Supongo que lo sabrás, pero Perséfone jamás volverá a ver a Hades. No te interesa saber más de ese asunto.
-
Claro que lo sé; todo el Olimpo se ha enterado de ello. Las noticias
vuelan, y aunque sea el dios de la guerra y los rumores no me interesen
lo más mínimo, acabo enterándome. Y no sé en qué puede beneficiarme.
-
Ares. Ares… tienes una mente muy simple –se colocó justo delante de su
hijo, y posó su dedo índice sobre la frente de Ares -. Piensa un poco,
por favor. Si Perséfone no tiene la compañía de Hades, está totalmente
indefensa, y todo plan de Zeus o de cualquier otro dios para emparejarla
con él se ha esfumado. Es tu oportunidad de entrar en acción.
-
¿Crees que ya puedo presentarme en aquel lugar sagrado y cometer mi
venganza? –los ojos de Ares brillaban cada vez más con ese destello de
deseo por la sangre y de demencia -. En cuanto me digas que sí, me
encaminaré hacia allí.
- No seas impaciente, hijo mío. Si vas ahora, será demasiado evidente. Ten paciencia, y esa espera dará sus frutos.
- No me caracterizo por tener paciencia, madre.
-
Lo sé –y acarició la mejilla de Ares -. Pero tienes que hacer un
esfuerzo si quieres que todo lo que he hecho dé sus frutos. Aunque no lo
veas, si alguien descubre lo que he hecho estaré en evidencia ante el
resto de los dioses. He puesto en juego mi buena reputación, y me
aseguraré de que no lo estropees. Debes esperar hasta la primavera. Será
delicioso acabar con ella en la estación que más quiere, ¿no lo crees?
-
Me pides demasiado… -se giró para darla la espalda, y apoyó las manos
cerradas en puños en la mesa. Agachó la cabeza, y cerró los ojos -. Pero
todo sea por la venganza. Está bien. Aguardaré. Pero espero que merezca
la pena.
- Por supuesto que sí. Te lo garantizo, Ares. Juega con
ella todo lo que quieras, y luego… dale el golpe de gracia. No creo que
deba decirte que sufra, porque seguro que lo tienes ya en mente –y
empezó a reírse. Aquella risa era aguda, llena del más amargo odio y de
la más profunda maldad -. A comienzos de la primavera Deméter se dedica a
viajar por el mundo fertilizando la tierra, y Perséfone estará sola en
aquel lugar. Sola e indefensa, con solo un puñado de inútiles ninfas
como séquito, tu venganza está servida. Por ello alegrémonos, porque
conseguiremos lo que queremos.
Después de eso, Hera recogió la
copa que había dejado en uno de los raposabrazos de su trono, y
alzándola como muestra de victoria, se la llevó a los labios. Detrás del
trono, con el silencio y la sumisión que la caracterizaba se encontraba
Iris, su fiel mensajera. Aquella diosa siempre estaba del lado de Hera,
y la servía con una diligencia y una lealtad que muy pocos dioses
poseían. Pero en este caso, no podía evitar ver con malos ojos lo que su
señora estaba llevando a cabo. Conocía poco a Perséfone, pero las pocas
veces que había estado con ella, o lo que comentaban el resto de los
dioses, habían hecho que se forjara en su mente la idea de una joven
diosa llena de vitalidad y de pureza, debido al cuidado y cariño de su
madre. En el fondo sentía compasión por ella, porque iba a pagar por un
error que ella no habñia causado, del cual no era la culpable. Pero,
¿quién mejor que ella para hacer sufrir a Deméter? Quizá ella no
entendiera la posición de Hera, quizá en su situación ella haría lo
mismo, pero seguía viéndolo un tanto injusto. ¿Y qué podía hacer? No
podía desobedecer ni tampoco delatar a su señora, que era ni más ni
menos que la reina del Olimpo, pero su corazón la decía que no podía
dejar que aquella inocente diosa pagara por algo de lo que estaba exenta
de culpa. ¿Acaso los mismos dioses, aquellos que supuestamente dicen
esgrimir con sus simples manos la justicia, son los primeros que
incumplen las leyes divinas? La estupidez e irresponsabilidad de los
humanos se había propagado por el Olimpo...
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